21 ago 2013

Capítulo 4

Capitulo 4
La cancela de la entrada estaba oxidada. Mi cuarto y la cocina era lo único que había limpiado, todo lo demás estaba cubierto de polvo. El jardín donde había pasado mi infancia, más que un jardín parecía un rincón deshabitado del Amazonas. Por lo que pensé en llamar a asistentes de la limpieza, pero cuando metí la mano en el bolso para coger el móvil, me percaté de mi desnuda mano. Desnuda porque donde debía de estar el anillo que me regaló Fer, solo había una fina línea roja de donde brotaban pequeñas gotitas de sangre. Busqué dentro del bolso con desesperación, pero no hacía falta remover toda la casa, pues sabía muy bien donde lo perdí; Francis me lo había quitado. Recordé cuando me quiso besar la mano y yo la aparté bruscamente. Y si maté a Francis ¿Quién tendría el anillo? Verdaderamente lo sabía.


***
Raúl
—Entonces, por lo que usted me está contando, ¿estoy aquí porque un grupo de narcotraficantes van a poner en peligro la seguridad de esta localidad y Gibraltar?
—Así, es difícil pensar que este caso es único en el mundo. Cada día todas las localidades están expuestas al peligro, inclusive La Línea y Gibraltar. Desde hace tiempo estamos detrás de varios grupos y los controlamos, pero desde hará un año y medio perdimos la pista de uno muy peligroso —Atento a lo que me contaba el capitán, no pude pensar en que este caso parecía sacado de series americanas policíacas—. Y hoy, cuando llegamos al escenario del crimen, muchos aspectos los relacionan con este tipo de gente. Las balas que se desintegran, envenenamiento respiratorio y después de eso todo limpio. Como si esa hubiera muerto por manos del diablo. Ninguna pista tenemos del asesino o, quién sabe, de los asesinos. Después de creer que los habíamos disueltos y encerrados…
—Pero si estáis tan seguro de quienes eran, ¿por qué no los encierra?
—Ese es el problema. Todos están encerrados. Si ahora ocurre este, debe de ser que hay más narcos de esta banda sueltos. Así que tenemos que estar muy pendientes de los atracos, los asesinatos y demás.
—¿Pero no es eso lo que esperan? ¿No estarán preparados para buscar nuestro punto débil? Ellos saben que nosotros ya estamos enterados. Pasarán desapercibidos como lo han hecho hasta ahora. Esperarán a que bajemos la guardia para atacar de nuevo.
—Pues haremos todo lo contrario ha lo que hemos estado haciendo hasta ahora. En vez de bajar la guardia cuando no tengamos nada, será cuando más atento estaremos. Además, ya va siendo hora de hacer lo que me de la gana. Mis superiores no me dejan actuar bajo mis expectativas, siempre haciendo lo que ellos quieren. Pero como mi final se acerca, muchacho, tú me ayudarás a resolver mi último caso.
—¿Y cómo lo resolveremos si no tenemos pistas?
—En eso te equivocas. Sabemos que fue una mujer quien asesino a Francisco Rubiales y sus guardaespaldas.
El capitán se levantó y sacó de su cajón derecho una caja. De ella extrajo un anillo de diamantes. A la vista se veía que era de mujer.
—No pertenecía a Francisco, pues el anillo le quedaba grande, y ni por asomo le cabía a ninguno de sus hombres, por lo que creo que será de su asesina. Francisco no tenía familia ni tampoco vida social, así que llego a la conclusión de que se lo quitó a su asesina porque de algún modo sabía de sus intenciones.
—¿Y esto a qué o quién nos lleva?
—A la única narcotraficante linense en busca y captura: Amanda Egea Olmedo.


***

Cuanto más fácil parecen las cosas, más cagadas se cometen. ¡Si sólo era engañar, matar y limpiar!
De una cosa estaba segura: Debía recuperar mi anillo. Daba igual si tendría que ir al lugar el cual solo pisaría con las manos a la espalda, o si tendría que toparme con aquellas personas que me las esposaría. Podrían saber que fui yo la asesina de Francis si aunque solo hubiera un pelo mío en ese anillo. Estaba fichada, y estar fichada significaba que a la más mínima, calabozo.
Así que fui al cuarto de baño, abrí la repisa y cogí una caja envuelta en un plástico transparente. Saqué una peluca morena oscura y lisa, y la coloqué, con cuidado, en mi cabeza. Parecía otra, la verdad. Así que salí del baño, cogí mi bolso y, de nuevo, el rugido estridente del lamborghini sonó por toda la avenida.


***
Raúl
Busqué el nombre de Amanda Egea Olmedo en la central de datos de delincuentes de la policía española, pero no hubo resultado alguno. Cuando el capitán buscó ocurrió lo mismo, pero dijo que debería de haber sido algún problema. En aquel momento supe que algo no iba bien. Fuimos a buscar en los archivos de la comisaría, pero la carpeta de Amanda Egea Olmedo estaba vacía. En ese momento supimos que la comisaría sufrió un fraude y falsificaciones de documentos, pero únicamente de esos documentos. Lo único que quedaba de Amanda Egea Olmedo era el certificado de defunción.
Me senté en mi despacho y ojeé algunos de los nuevos documentos que el capitán me ofreció sobre el caso. Las características y matices de los asesinos son exactamente iguales a los narcotraficantes que el capitán encerró años atrás. Algo se nos escapaba, pero tantos datos contradictorios me hacían doler la cabeza y desesperar. Tras horas ojeándolos, acabé por esparcirlos por la mesa. Me eché hacia atrás y tomé un sorbo de mi café.
Para tranquilizarme me gustaba mirar por la cristalera como los agentes hacían su trabajo. Como charlaban entre ellos, como reían las gracias del compañero, como correteaban de un lado hacia otro, etc. En fin, desconectar del papeleo. Pero me llamó la atención una chica morena de pelo liso y ojos… no los distinguí desde tan lejos. Preguntaba muy preocupada a un agente de policía. El agente asintió y bajó las escaleras, mientras ella esperaba de pie. Delgada y de tez pálida lucía unos vaqueros ajustados y un top fruncido, junto con unos tacones negros de vértigo. Mi visión fue interrumpida cuando esa chica dirigió su mirada hacia mi despacho. Me costó varios segundos reaccionar y rápidamente aparté mi vista de ella para situarla entre los documentos de mi mesa. Esa chica no apartaba su mirada de mi despacho y parecía bastante preocupada. Tras varios segundos el agente volvió y le dijo algo apuntando hacia el despacho del capitán. Ella no apartaba su vista de mi despacho. De reojo pude ver como apuntaba hacia mí, y sonriendo hacia el agente, contoneó su figura en dirección a mi despacho.


Capítulo 3

Capitulo 3
-Todo se debe a un conflicto entre narcotraficantes, nada importante que pueda poner en peligro a la ciudad. –Todos a mi alrededor asintieron cuando el capitán los miró intensamente- Os rogaría que no divulgaseis la voz sobre lo ocurrido. –Tras unos segundos de tensión, señaló la puerta-. Bien, podéis marcharos.
Mientras me levantaba cuando todos procuraban salir de allí entre susurros, el capitán me llamó.
-Raúl, ven aquí.
-Dime, capitán. –Se sentó en su silla y me miró preocupado-. ¿Algo nuevo?
-Raúl, tú sabes que no te han destinado aquí por puro placer para que te toques las pelotas a menudo, ¿verdad?
-Claro señor. Sé que estoy aquí por que el índice de violencia en el campo de Gibraltar ha subido en estos últimos meses.
-Eres el inspector de policía que más casos has resuelto en toda España. Me preocupa tu falta de curiosidad en este asunto.
-¿Perdón? Disculpe pero no le he entendido.
Se levantó de su asiento remolón y fue hasta la puerta. Miró a fuera y la cerró con cuidado. Pasó por delante de mí y pude ver con claridad la cicatriz de detrás de su oreja. Me ofreció una copa, pero aunque se me antojaba deliciosa no pude aceptar, pues estaba en hora de trabajo.
-Precavido. –Sonrió y dejo ver una dentadura amarillenta-. Crees que estás aquí por que en el campo de Gibraltar hay conflictos. Imagino que lo que te ha llevado a dejar tu puesto en Madrid y venir acá habrán sido los números, ¿me equivoco? –Iba a negarlo pero me cortó- ¡Yo hubiera hecho lo mismo!
-Vine porque mi trabajo se resume en tres palabras: ayudar, coger y encerrar. ¿Por qué, entonces usted, cree que no tengo curiosidad en este asunto? ¿Qué asunto?
-chico, los de la comisaría no te hubieran dejado escapar si no fuera por el aviso de alarma que dimos. Presta atención.
Se dirigió hacia la pizarra. El caso de un desaparecido ocupaba la mitad de la pizarra. El capitán, con copa en mano, le dio la vuelta y ante mí se mostraron documentos y fotografías de delincuentes presidiarios y mapas de la ciudad.
-Todo esto que tienes delante es información confidencial de la interpol, muchacho. Si te cuento esto me debes prometer que lo llevarás en secreto de sumario como profesional que eres.
-Con deseo, señor.
-Deja los comentarios para luego. Si cerramos el caso con victoria, los de la capital me han prometido que podré prejubilarme.
-¿Dejará su puesto, señor?
-Sí, y espero que lo sepas cuidar bien. Ahora escucha.


***
Amanda
-¡Cincuenta y seis llamadas perdidas tienes en el móvil, Fer! ¿Sabés lo preocupada que he estado todo este tiempo? Podrías mandarme un mensaje diciéndome que estabas dormido, y no muerto o en el hospital por un tiroteo.
-¡Joder tía no me ralles! ¡Te lo advierto, como te comportes como una puta novia celosa no te doy cable suelto! ¿Entendido?
-¿Qué dices de cable, imbécil? ¡Celosa no, preocupada! A ver cuando te das cuenta que en este negocio o vives o mueres. Si no das señales de vida, me preocupo, joder.
-Está bien, está bien. Lo capto –Un silencio incómodo se formó tras la línea- ¿qué haces?
-¿Cómo que qué hago? Pues voy a mi casa en coche.
-¿Has acabado con el gilipollas del argentino ese de mierda?
-Sí, ya está en el infierno junto con sus gnomos de jardín.
- Cuando me enteré de que se mudó al sur, no dude en darte orden para matarlo. Espero que le hayas hecho sufrir lo suyo.
-Algo así, era un buen camello, pero un mete-manos de primera. Además, no tenía la mercancía para hoy. ¡Ese estaba cogiendo confianza muy rápidamente!
-¿Has dejado todo límpio?
-Sí, las balas se desintegraron así que no podrán saber de qué calibres eran.
-¿Y cuánto has pillado?
-Cien de los grandes. El muy gilipollas me los enseñó antes de todo. Se cavó su propia tumba.
-Bueno nena, te dejo que “el navajitas” me espera abajo para pillar algo.
-Está bien. No te metas en líos.
-Adiós.
-Te quie…
Cortó la llamada antes de que pudiera acabar la frase.
-Si fuera un poco más romántico el cabrón…
El lamborghini rugió cuando pisé el acelerador a todo gas. Mi casa ya se veía a lo lejos y en décimas de segundo recordé momentos de mi infancia allí.
-¡Mandi, no eres capaz!
-ya verás papá. Te voy a marcar el gol más cañero del mundo. ¡Ni Raúl en sus mejores días! ¡Eh eso no vale, el portero no puede salir tanto! ¡Papá!
-¿Quién ha dicho eso? -Se tiró hacia el balón tan fuerte que me arroyó y caí encima de él. Las risas hacían que me doliera el estómago.
-¡Eres un tramposo!
-Tramposo no, Amanda, solo que en la vida hay que tomar ventaja, sino, te acabarán tomando por tonto. La próxima vez tira desde más lejos, pero tira más fuerte. Solo así impresionarás al rival.
En ese momento no sonreía, solo me miraba. El móvil sonó y su semblante cambió al ver la pantalla. Me miró y se disculpó. Al rato vino hacia mí y me tocó el hombro.
-Mandi, me tengo que ir. Sigue practicando y no olvides lo que te he dicho: desde más lejos, pero más fuerte. Solo así llegarás a sorprender.

Y tras besarme en la frente, cogió su mochila y salió del jardín y de la casa.

22 dic 2012

Capítulo 2

   Raúl

—¡Señorr, lleva mucho tiempo dentrro! ¿Necesita ayuda?

Los dos nos miramos preocupados y echamos un rápido vistazo al servicio. Estaba lleno de humo. Ella no lo dudó un instante; cogió mi cigarro de la boca y, junto con el suyo, lo tiró por el váter. A continuación, me fue desabrochando los primeros botones de la camisa y se despeinó el pelo. yo estaba desconcertado, no supe qué pretendía. Intenté entender la situación, pero antes de mediar palabra me tapó la boca con su mano izquierda. Me avisó para que callara y esperó a ver la reacción de la azafata. A los segundos otro golpe se escuchó tras la puerta. 

—¿Se encuentrra bien, señorr? —Aún sin ver su cara se le notaba preocupada. La chica me miró dudosa por un instante, pero apartó su mano lentamente de mis labios, rozándolos con la yema de los dedos.

Se me erizó el bello de la nuca y no pude apartar mi vista de sus ojos. Sin esperarlo juntó bruscamente sus labios contra los míos durante varios segundos. Se apartó y sin dirigirme palabra alguna abrió la puerta. Me quedé petrificado un instante, pero salí detrás de ella tambaleándome levemente. Actuó delante de la azafata peinándose el pelo con los dedos. Entendí lo que pretendía, por lo que saludé a la azafata con una sonrisa y me abroché de nuevo los botones con descaro. La seguí hasta que de repente un brazo me detuvo en seco.

—Señorr, usted no puede entrrarr en prrimerra clase. Vuelva a su asiento. —Me dedicó una mirada llena de desprecio y casi empujándome, me dejó a las puertas del infierno.

Dediqué un último vistazo a aquel maravilloso cuerpo de la chica misteriosa, contoneando su figura hacia su asiento. ¿Cómo se llamaría? Se giró y me despidió con un movimiento de manos discreto. Apareció una sonrisa en mis labios casi sin percatarme. La chica desapareció tras unas cortinas negras y me dirigí de nuevo hacia mi asiento, sin opción de no sufrir durante el trayecto restante.




***
   Amanda

Me dirigí a casa pensando todavía en aquel chico de tez blanca, ojos marrones intensos y pelo castaño. En aquel beso instantáneo y en la extraña sensación que en aquel momento surgió en mi interior. Probablemente no volvería a verlo, y no me debería importar, pero retroceder y seguir a aquel chico se me antojaba morboso. Decidí pasar del tema, así que saqué mi iPod y pulsé el botón de canción aleatoria. Empezó a sonar "We Found Love"de Rihanna. Que oportuna...

20 dic 2012

Capítulo 1

Amanda Egea Olmedo. Ese es el nombre que me pusieron mis padres, pero ahora nadie me llama así, soy más conocida como Mandi.

—Mandi, ¿Dónde coño están mis putos pantalones?

—Encima del jarrón —Dije mientras me apoyaba sobre mis codos, hundiéndolos en el colchón—. ¿Dónde vas tan temprano, cariño?

—Qué más da. Asuntos por resolver, gente que matar... —Dijo en un susurro casi inaudible— Te veo luego, esta noche repetimos.

—Esta noche no puedo. Probablemente me vaya unas semanas a visitar a mi familia a la Línea —Vi cómo arrugaba la nariz expresando duda—.Por si no lo recuerdas soy de allí.

—Vale. Me tengo que ir. —Dijo cogiendo sus cosas.

—¡Te echaré de menos! —Grité, pero ya había cerrado la puerta. Dudo mucho que me hubiera escuchado.

Me levanté de la cama perezosa y cogí del armario lo primero que pillé: unos vaqueros y una camiseta ancha. Me calcé unas convers que encontré debajo de la cama y me dirigí a la cocina a por una taza de café. Mientras calentaba la leche saqué de debajo del fregadero 10.000 euros en metálico. Me los guardé en el bolsillo y sin pensarlo me volví hacia la habitación dispuesta a  no perder más tiempo. Metí una parte de la ropa y zapatos en una maleta y la cerré como pude sin sutileza. Volví a la cocina y de un sorbo me tomé el café. Luego desde el móvil, reservé un billete de avión en primera clase y salí dispuesta a zanjar asuntos. 

Bajé al garaje buscando el Porsche Carrera GT que me regaló Fer, y una vez en él suspiré tranquila. Introduje la llave en la ranura y puse destino al aeropuerto.

Tras media hora llegué; por suerte había encontrado el vuelo para ese mañana, aunque solía tener ventajas si sueles coger primera clase. Aparqué el coche en el primer sitio que encontré, apagué el motor y salí del coche con una seguridad que me impresionaba. Tomé la maleta y puse rumbo al interior del aeropuerto.

Me pareció extraño, pero no tuve problemas al pasar por el habitual control de seguridad, inclusive llevando aquellos 10.000 euros, que sinceramente no sé para qué cogí. Me senté a esperar el vuelo, todavía quedaba una larga hora. Durante ese tiempo intenté contactar con Fer, no lo vería hasta dentro de varias semanas, lo echaría de menos, demasiado, pero es que tener que alejarte de la persona a la que amas es duro, aunque sea por un plazo corto de tiempo. Nunca sabes cuándo será la última vez que veas su sonrisa, y es que su sonrisa era especial. No puedes confiarte porque en este negocio hasta lo que piensas que son tus amigos pueden engañarte.

Primer aviso por megafonía; vuelvo 101 a punto de despegar. Le entregué mi billete a la azafata y me subí al avión.




***
   Raúl

Viajar desde Madrid al sur de España es complicado, sobre todo cuando se vuela en clase turista. Demasiado cutre, hasta para un policía de barrio. El olor a humanidad en el aire es insoportable y se hace peor aun cuando el hombre de derecha es una persona con temor a los aviones.

—Te digo yo que nos estrellamos. Tengo ese pálpito, ¿sabe usted? Ese que me entra cuando me duele el juanete. Algo maligno va a suceder hoy. Créame, por Dios.

No pude aguantar más y decidí salir de allí cuanto antes.

—Si me permite, me gustaría ir al servicio.

—¡Qué buena idea! Mejor estar despachado para cuando nos llegue la hora. Después de usted voy yo.

Después de lo que he pasado para poder pasar con mi pistola de policía ahora me engatusan a un trastornado. El primero estaba ocupad, el segundo también, y el tercero estaba estropeado. No tuve más remedio que hablar con la azafata para poder ir al de primera clase. Todo por no estar más tiempo con mi compañero de viaje.

—Lo siento, señorr. No puede pasarr a primerra clase sin perrmiso. Lo único que puede haserr es esperrarr a que estén desocupados los demás —Dijo con acento ruso.

—Pero entiéndame señorita... —Vi su nombre escrito en la placa debajo de la palabra "azafata"—... Nina Petrova —Dije notándose mi mala pronunciación—. Mis ganas de ir al baño me superan.

Me miró de arriba a abajo y enarcó una ceja. Se echó a un lado y me dejó el camino  libre.

—Compórrtese como si nada y no se darrán cuenta.

Le sonreí y le susurré gracias tras pasar la puerta que separaba una clase de otra. En realidad no tenía ganas de ir al baño, pero necesitaba librarme de aquel plasta durante un largo tiempo.

La puerta estaba cerrada, por lo que golpée suavemente con los nudillos. Al no obtener respuesta, giré el pomo y tiré bruscamente hacia mí.

—¡¿Pero qué coño...?! —Dije alzando la voz. Una chica morena de ojos oscuros me miraba con expresión curiosa sentada sobre la taza del váter con un cigarrillo entre los dedos. Le eché unos veintidós o veintitrés años—. Lo siento, te dejo con tu cigarrillo —Me excusé cerrando la puerta.

—No, espera... —Dijo mientras me arrastraba hacia el interior del minúsculo baño—... No quiero que me descubran —alzó su cigarrillo y me sonrió dejando ver unos dientes blancos y deslumbrantes— que bastantes problemas tengo con la poli como para que ahora me detengan nada más bajar del avión.

—¿Y cuándo cojones podré salir de aquí?

—¡Hey, qué mal humor! ¿Un pitillo? —Me ofreció un paquete de cigarrillos y una de esas sonrisas radiantes que misteriosamente tanto me gustaban. Alargué la manos para coger uno y me tendió un mechero junto con el cigarrillo.

—Gracias... ¿Y qué problemas son esos en los que estás metidas? ¿Tanto odias a los polis?

—No deberías preguntar esas cosas a una dama tan bella como yo —Dijo tocándose el pelo— y más en un espacio tan limitado. ¿Qué crees que pasaría si fuera una terrorista?

—Si fueras una terroristas no estarías perdiendo el tiempo metida en un servicio fumando. Intentarías pasar desapercibida como un pasajero común, y no viajando en primera clase.

—Buena deducción... ¿Qués eres, Sherlock Holmes? —Preguntó pícara.

—Algo parecido —Dije dando una calada—. Soy po...

De repente un fuerte golpe sonó tras la puerta


7 oct 2012

Prólogo


Corrí por el polígono sintiendo el aliento de él en la nuca. Sus pasos cada vez se encontraban más cerca. Pensé en cómo diablos podría deshacerme del hijo de puta que me perseguía sin tener a mano mi pistola de la suerte. Los tacones de aguja me dificultaban la carrera, pero no desistí y seguí corriendo. A lo lejos pude ver un portón abierto de una de las fábricas abandonadas y no me lo pensé dos veces en dirigirme hacia allí. Agoté mis últimas fuerzas en intentar abrir la puerta. Pero de repente sentí un golpe frío en mi sien y me flaquearon las piernas.  Me agarró con brusquedad antes de caer al suelo y pude ver como sujetaba el arma con fuerza. Esa pistola que tiempos atrás utilicé en mi favor. Mi pistola de la suerte. 


—¿Qué se siente al ser pisoteada, puta? Esto es lo que les pasa a las zorras como tú. 


No tenía fuerzas, pero conseguí formular las palabras más deseadas en ese momento en un sutil susurro:


—Esto caerá sobre tu conciencia…


—Mi conciencia estará limpia en cuanto te atraviese la bala el corazón  —Se alejó varios pasos hacia atrás y me apuntó al pecho. Escuché cómo la cargaba y cerré los ojos pensando en él.—Dale recuerdos a tu padre…


Disparo. El final llegó.