Capitulo
4
La
cancela de la entrada estaba oxidada. Mi cuarto y la cocina era lo
único que había limpiado, todo lo demás estaba cubierto de polvo.
El jardín donde había pasado mi infancia, más que un jardín
parecía un rincón deshabitado del Amazonas. Por lo que pensé en
llamar a asistentes de la limpieza, pero cuando metí la mano en el
bolso para coger el móvil, me percaté de mi desnuda mano. Desnuda
porque donde debía de estar el anillo que me regaló Fer, solo había
una fina línea roja de donde brotaban pequeñas gotitas de sangre.
Busqué dentro del bolso con desesperación, pero no hacía falta
remover toda la casa, pues sabía muy bien donde lo perdí; Francis
me lo había quitado. Recordé cuando me quiso besar la mano y yo la
aparté bruscamente. Y si maté a Francis ¿Quién tendría el
anillo? Verdaderamente lo sabía.
***
Raúl
—Entonces,
por lo que usted me está contando, ¿estoy aquí porque un grupo de
narcotraficantes van a poner en peligro la seguridad de esta
localidad y Gibraltar?
—Así,
es difícil pensar que este caso es único en el mundo. Cada día
todas las localidades están expuestas al peligro, inclusive La Línea
y Gibraltar. Desde hace tiempo estamos detrás de varios grupos y los
controlamos, pero desde hará un año y medio perdimos la pista de
uno muy peligroso —Atento
a lo que me contaba el capitán, no pude pensar en que este caso
parecía sacado de series americanas policíacas—.
Y hoy, cuando llegamos al escenario del crimen, muchos aspectos los
relacionan con este tipo de gente. Las balas que se desintegran,
envenenamiento respiratorio y después de eso todo limpio. Como si
esa hubiera muerto por manos del diablo. Ninguna pista tenemos del
asesino o, quién sabe, de los asesinos. Después de creer que los
habíamos disueltos y encerrados…
—Pero
si estáis tan seguro de quienes eran, ¿por qué no los encierra?
—Ese
es el problema. Todos están encerrados. Si ahora ocurre este, debe
de ser que hay más narcos de esta banda sueltos. Así que tenemos
que estar muy pendientes de los atracos, los asesinatos y demás.
—¿Pero
no es eso lo que esperan? ¿No estarán preparados para buscar
nuestro punto débil? Ellos saben que nosotros ya estamos enterados.
Pasarán desapercibidos como lo han hecho hasta ahora. Esperarán a
que bajemos la guardia para atacar de nuevo.
—Pues
haremos todo lo contrario ha lo que hemos estado haciendo hasta
ahora. En vez de bajar la guardia cuando no tengamos nada, será
cuando más atento estaremos. Además, ya va siendo hora de hacer lo
que me de la gana. Mis superiores no me dejan actuar bajo mis
expectativas, siempre haciendo lo que ellos quieren. Pero como mi
final se acerca, muchacho, tú me ayudarás a resolver mi último
caso.
—¿Y
cómo lo resolveremos si no tenemos pistas?
—En
eso te equivocas. Sabemos que fue una mujer quien asesino a Francisco
Rubiales y sus guardaespaldas.
El
capitán se levantó y sacó de su cajón derecho una caja. De ella
extrajo un anillo de diamantes. A la vista se veía que era de mujer.
—No
pertenecía a Francisco, pues el anillo le quedaba grande, y ni por
asomo le cabía a ninguno de sus hombres, por lo que creo que será
de su asesina. Francisco no tenía familia ni tampoco vida social,
así que llego a la conclusión de que se lo quitó a su asesina
porque de algún modo sabía de sus intenciones.
—¿Y
esto a qué o quién nos lleva?
—A
la única narcotraficante linense en busca y captura: Amanda Egea
Olmedo.
***
Cuanto
más fácil parecen las cosas, más cagadas se cometen. ¡Si sólo
era engañar, matar y limpiar!
De
una cosa estaba segura: Debía recuperar mi anillo. Daba igual si
tendría que ir al lugar el cual solo pisaría con las manos a la
espalda, o si tendría que toparme con aquellas personas que me las
esposaría. Podrían saber que fui yo la asesina de Francis si aunque
solo hubiera un pelo mío en ese anillo. Estaba fichada, y estar
fichada significaba que a la más mínima, calabozo.
Así
que fui al cuarto de baño, abrí la repisa y cogí una caja envuelta
en un plástico transparente. Saqué una peluca morena oscura y lisa,
y la coloqué, con cuidado, en mi cabeza. Parecía otra, la verdad.
Así que salí del baño, cogí mi bolso y, de nuevo, el rugido
estridente del lamborghini sonó por toda la avenida.
***
Raúl
Busqué
el nombre de Amanda Egea Olmedo en la central de datos de
delincuentes de la policía española, pero no hubo resultado alguno.
Cuando el capitán buscó ocurrió lo mismo, pero dijo que debería
de haber sido algún problema. En aquel momento supe que algo no iba
bien. Fuimos a buscar en los archivos de la comisaría, pero la
carpeta de Amanda Egea Olmedo estaba vacía. En ese momento supimos
que la comisaría sufrió un fraude y falsificaciones de documentos,
pero únicamente de esos
documentos. Lo único que quedaba de Amanda Egea Olmedo era el
certificado de defunción.
Me
senté en mi despacho y ojeé algunos de los nuevos documentos que el
capitán me ofreció sobre el caso. Las características y matices
de los asesinos son exactamente iguales a los narcotraficantes que el
capitán encerró años atrás. Algo se nos escapaba, pero tantos
datos contradictorios me hacían doler la cabeza y desesperar. Tras
horas ojeándolos, acabé por esparcirlos por la mesa. Me eché hacia
atrás y tomé un sorbo de mi café.
Para
tranquilizarme me gustaba mirar por la cristalera como los agentes
hacían su trabajo. Como charlaban entre ellos, como reían las
gracias del compañero, como correteaban de un lado hacia otro, etc.
En fin, desconectar del papeleo. Pero me llamó la atención una
chica morena de pelo liso y ojos… no los distinguí desde tan
lejos. Preguntaba muy preocupada a un agente de policía. El agente
asintió y bajó las escaleras, mientras ella esperaba de pie.
Delgada y de tez pálida lucía unos vaqueros ajustados y un top
fruncido, junto con unos tacones negros de vértigo. Mi visión fue
interrumpida cuando esa chica dirigió su mirada hacia mi despacho.
Me costó varios segundos reaccionar y rápidamente aparté mi vista
de ella para situarla entre los documentos de mi mesa. Esa chica no
apartaba su mirada de mi despacho y parecía bastante preocupada.
Tras varios segundos el agente volvió y le dijo algo apuntando hacia
el despacho del capitán. Ella no apartaba su vista de mi despacho.
De reojo pude ver como apuntaba hacia mí, y sonriendo hacia el
agente, contoneó su figura en dirección a mi despacho.
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