Amanda Egea Olmedo. Ese es el nombre que me pusieron mis padres, pero ahora nadie me llama así, soy más conocida como Mandi.
—Mandi, ¿Dónde coño están mis putos pantalones?
—Encima del jarrón —Dije mientras me apoyaba sobre mis codos, hundiéndolos en el colchón—. ¿Dónde vas tan temprano, cariño?
—Qué más da. Asuntos por resolver, gente que matar... —Dijo en un susurro casi inaudible— Te veo luego, esta noche repetimos.
—Esta noche no puedo. Probablemente me vaya unas semanas a visitar a mi familia a la Línea —Vi cómo arrugaba la nariz expresando duda—.Por si no lo recuerdas soy de allí.
—Vale. Me tengo que ir. —Dijo cogiendo sus cosas.
—¡Te echaré de menos! —Grité, pero ya había cerrado la puerta. Dudo mucho que me hubiera escuchado.
Me levanté de la cama perezosa y cogí del armario lo primero que pillé: unos vaqueros y una camiseta ancha. Me calcé unas convers que encontré debajo de la cama y me dirigí a la cocina a por una taza de café. Mientras calentaba la leche saqué de debajo del fregadero 10.000 euros en metálico. Me los guardé en el bolsillo y sin pensarlo me volví hacia la habitación dispuesta a no perder más tiempo. Metí una parte de la ropa y zapatos en una maleta y la cerré como pude sin sutileza. Volví a la cocina y de un sorbo me tomé el café. Luego desde el móvil, reservé un billete de avión en primera clase y salí dispuesta a zanjar asuntos.
Bajé al garaje buscando el Porsche Carrera GT que me regaló Fer, y una vez en él suspiré tranquila. Introduje la llave en la ranura y puse destino al aeropuerto.
Tras media hora llegué; por suerte había encontrado el vuelo para ese mañana, aunque solía tener ventajas si sueles coger primera clase. Aparqué el coche en el primer sitio que encontré, apagué el motor y salí del coche con una seguridad que me impresionaba. Tomé la maleta y puse rumbo al interior del aeropuerto.
Me pareció extraño, pero no tuve problemas al pasar por el habitual control de seguridad, inclusive llevando aquellos 10.000 euros, que sinceramente no sé para qué cogí. Me senté a esperar el vuelo, todavía quedaba una larga hora. Durante ese tiempo intenté contactar con Fer, no lo vería hasta dentro de varias semanas, lo echaría de menos, demasiado, pero es que tener que alejarte de la persona a la que amas es duro, aunque sea por un plazo corto de tiempo. Nunca sabes cuándo será la última vez que veas su sonrisa, y es que su sonrisa era especial. No puedes confiarte porque en este negocio hasta lo que piensas que son tus amigos pueden engañarte.
Primer aviso por megafonía; vuelvo 101 a punto de despegar. Le entregué mi billete a la azafata y me subí al avión.
***
Raúl
Viajar desde Madrid al sur de España es complicado, sobre todo cuando se vuela en clase turista. Demasiado cutre, hasta para un policía de barrio. El olor a humanidad en el aire es insoportable y se hace peor aun cuando el hombre de derecha es una persona con temor a los aviones.
—Te digo yo que nos estrellamos. Tengo ese pálpito, ¿sabe usted? Ese que me entra cuando me duele el juanete. Algo maligno va a suceder hoy. Créame, por Dios.
No pude aguantar más y decidí salir de allí cuanto antes.
—Si me permite, me gustaría ir al servicio.
—¡Qué buena idea! Mejor estar despachado para cuando nos llegue la hora. Después de usted voy yo.
Después de lo que he pasado para poder pasar con mi pistola de policía ahora me engatusan a un trastornado. El primero estaba ocupad, el segundo también, y el tercero estaba estropeado. No tuve más remedio que hablar con la azafata para poder ir al de primera clase. Todo por no estar más tiempo con mi compañero de viaje.
—Lo siento, señorr. No puede pasarr a primerra clase sin perrmiso. Lo único que puede haserr es esperrarr a que estén desocupados los demás —Dijo con acento ruso.
—Pero entiéndame señorita... —Vi su nombre escrito en la placa debajo de la palabra "azafata"—... Nina Petrova —Dije notándose mi mala pronunciación—. Mis ganas de ir al baño me superan.
Me miró de arriba a abajo y enarcó una ceja. Se echó a un lado y me dejó el camino libre.
—Compórrtese como si nada y no se darrán cuenta.
Le sonreí y le susurré gracias tras pasar la puerta que separaba una clase de otra. En realidad no tenía ganas de ir al baño, pero necesitaba librarme de aquel plasta durante un largo tiempo.
La puerta estaba cerrada, por lo que golpée suavemente con los nudillos. Al no obtener respuesta, giré el pomo y tiré bruscamente hacia mí.
—¡¿Pero qué coño...?! —Dije alzando la voz. Una chica morena de ojos oscuros me miraba con expresión curiosa sentada sobre la taza del váter con un cigarrillo entre los dedos. Le eché unos veintidós o veintitrés años—. Lo siento, te dejo con tu cigarrillo —Me excusé cerrando la puerta.
—No, espera... —Dijo mientras me arrastraba hacia el interior del minúsculo baño—... No quiero que me descubran —alzó su cigarrillo y me sonrió dejando ver unos dientes blancos y deslumbrantes— que bastantes problemas tengo con la poli como para que ahora me detengan nada más bajar del avión.
—¿Y cuándo cojones podré salir de aquí?
—¡Hey, qué mal humor! ¿Un pitillo? —Me ofreció un paquete de cigarrillos y una de esas sonrisas radiantes que misteriosamente tanto me gustaban. Alargué la manos para coger uno y me tendió un mechero junto con el cigarrillo.
—Gracias... ¿Y qué problemas son esos en los que estás metidas? ¿Tanto odias a los polis?
—No deberías preguntar esas cosas a una dama tan bella como yo —Dijo tocándose el pelo— y más en un espacio tan limitado. ¿Qué crees que pasaría si fuera una terrorista?
—Si fueras una terroristas no estarías perdiendo el tiempo metida en un servicio fumando. Intentarías pasar desapercibida como un pasajero común, y no viajando en primera clase.
—Buena deducción... ¿Qués eres, Sherlock Holmes? —Preguntó pícara.
—Algo parecido —Dije dando una calada—. Soy po...
De repente un fuerte golpe sonó tras la puerta